LA ESPERA
Llegué a la estación con tiempo suficiente para dirigirme a la cafetería y tomarme un café. Desde mi mesa habitual me gustaba observar el movimiento incesante de personas que en animada conversación o en silencios solitarios, se acercaban a la barra con sus pesadas maletas y bolsos de mano.
Los altavoces anunciaron la inminente llegada del tren esperado.
Nervioso, miré el reloj, terminé el café, me levanté, pagué el servicio y me dirigí al andén número nueve. Se ausentaba la tarde y comenzaba a hacer frío. Me puse mi sombrero, me subí el cuello del abrigo, e impaciente, comencé a pasear reparando en el ajetreo anónimo de esos últimos momentos salpicados de despedidas consumadas con largos abrazos o manos cogidas, de momentáneas caricias, de sonrisas y miradas cómplices entre palabras íntimas, delatoras, siempre, de promesas y deseos compartidos.
Por fin, un potente foco, acercándose desde lejos, advertía de la entrada del convoy en el andén. Lentamente, sus ventanillas se sucedían ante mi mirada encendida y expectante.
Pasados unos minutos de espera que se me hicieron eternos, el tren comenzó a alejarse despacio del andén, ya solitario, hasta desaparecer de mi vista nublada y confundida.
Tampoco esta tarde había llegado. Tiré el ramo de rosas frescas en la papelera más cercana y salí de nuevo a la calle.
- Mañana, seguro que llega.
Mis ojos, empañados, desdibujaban los destellos de las primeras farolas recién encendidas. Con la mirada aturdida, caminé hacia casa. Siempre así, desde aquella tarde en que la despedí en el andén número nueve hasta que el tren se convirtió en un lejano punto negro.
Justo hoy, hace siete años, cinco meses y catorce días.
- Mañana, seguro que llega - me dije- y le daré en mano las rosas que en horas tempranas de cada día le ofrezco en el cementerio sin entender qué me lleva allí. Las mismas rosas que ante su rechazo de silencio, la esperan cada tarde en el andén número nueve cuando, sonriente, baje por fin del vagón y venga a mi encuentro.
( JAEM )