El DÍA MÁS FELIZ
Luisito, acababa de acostarse muy cansado tras vivir el día más feliz de su vida. Eso, al menos, le habían venido diciendo desde meses atrás y no acababa de entenderlo.
- ¿ Nunca llegaré a estar tan feliz como ese día? - le preguntó en cierta ocasión al sacerdote.
- No seas memo y no hagas preguntas. Las preguntas las carga el diablo - le contestó.
Con la luz apagada y la manta tapándole hasta la oreja, recordaba cómo aquella mañana- con voz crecida y diáfana- había renunciado a "Satanás, a sus pompas y a sus obras" para poder recibir el Cuerpo de Jesús, aunque el auténtico disfrute fue cuando se comió, junto a sus primos, una buena porción de tarta con chocolate. Además, pudieron repetir.
No lograba conciliar el sueño mientras daba vueltas y vueltas en su cama. Por su mente agitada, pululaban ideas y palabras que a modo de ecos lejanos, don Anselmo, el cura, le arrojaba asomado desde su púlpito como si de un acantilado se tratase.
- Queridos niños, si el hombre muere en pecado irá al fuego eterno. ¿ Y sabéis qué es la eternidad?.... ¿ Sabéis lo que es?. Imaginaros una descomunal montaña con forma de cubo. Cada arista mide un millón de kilómetros. ¡ Pues escuchadme bien! . Cada millón de años, un pajarillo se acerca y se afila el pico. Cuando la montaña desaparezca habrá pasado el primer segundo de la eternidad. Sí, me habéis oído bien. ¡ Solamente el primer segundo de la eternidad !.
Luisito, esa noche, durmió como pudo entre oscuros acantilados, montañas descomunales y la fantasmal sombra gritona y exaltada de don Anselmo.
Por la mañana, mientras desayunaba con su madre, observó cómo un pajarillo se afilaba el pico jugueteando sobre una maceta colocada en el alféizar de la ventana. Se levantó de la silla para acercarse pero el pajarillo emprendió rápido el vuelo.
- Venga, termina de una vez el desayuno y no pierdas el tiempo. ¡ Estás tardando una eternidad!.
Pensativo, miró a su madre y le dijo:
- Entonces tendré que esperar a que el pajarillo vuelva un millón de veces antes de ir al colegio. Será sólo un segundo. Un segundo de eternidad - le dijo a su madre.
- No digas tonterías. Termina y coge tu cartera que es tarde.
Mientras caminaba por la calle, a Luisito no se le quitaba una idea de la cabeza: también don Anselmo, aquel hombre tan serio, decía tonterías como él. Así que nunca más volvería a creerle.
Aquella mañana, camino del colegio, se sintió muy feliz. Sonriente, aligeró el paso hasta desaparecer cuando dobló la última esquina.
( JAEM )